lunes, 28 de marzo de 2011

Para despertar.

Mañana, cuando la cama se vea obligada a escupirme. Y yo, forzada a hacerle frente a la vida, espero que su maleta aún se encuentre en el lugar exacto. Porque quizá mañana deberá vivir un día más esperanzada por la idea de abandonarme. Tal vez, como en ocasiones anteriores me obligaré a entorpecer, ¡someter! su deseo insatisfecho de viajar por carretera. Pero el plazo siempre se cumple, y un día, sin duda alguna cuando le mire a los ojos, el reflejo será castigo ineludible. Lloraré pesadamente sobre su beso, robaré su asiento sin comedimiento. Pero ella esperará paciente. Dócilmente, hasta que consienta el dejarle marchar tan lejos que quizás jamás regrese. Entonces, cuando el viento y el silencio sean mi única compañía. Ciertamente, sólo entonces. Admitiré que nunca fue ni será mía. Las noches serán castigo, despertare sin consuelo alguno. Gritare al vacío tantas veces que el tiempo perderá la memoria. Pero incluso así, rogare porque jamás mire atrás. Qué ni en su sueño exista espacio para mí. No habrá espectador, porque ella será su propia audiencia. Mujer, ¡lamentare tu ausencia! Lo suficiente para creer en la eternidad. Pero su fantasma es lo justo para el amor, aunque no se pueda creer en el “Y fueron felices para siempre”…

Felicia con caducidad.