Reconozco mi existencia, salpicada de tu encanto, vía al llanto consecuente, cabe a tus suspiros destrozando en pliegues los cimientos de este amorío al espejismo, de mi apenas desarrollada empatía por la razón. Disolvamos nuestro encuentro en el placer de conocerte irreversiblemente bella. Revertamos en silencio ésta pasión contrapuesta, a la simpleza del caos en colisión. Retrocedamos al origen del instante y suprimamos el castigo de ésta prolongada agonía a la eternidad de mi universal esencia.
Somos fusión en disfunción, colapsando en el maravilloso e inequívoco intervalo de habernos encontrado. Intensa realidad de ensueño, recorriendo mi ahora desintegrado estado, sublimado a tu abrazo. Esparciéndome entre roces de goces, entremeses de recreos en los que te siento lejos e intento osadamente adueñarme de tu beso.
Redefino el miedo como el castigo para el desventurado que decida estremecerse ante tu ausencia y malgastar el regalo de la soledad. ¡El desconcierto es sólo el comienzo de la encrucijada! Oportuno rededor de matices innombrables. Pero me he negado a rebuscarte y me conozco cobarde, anónima e irreconociblemente melancólica. Al mereced de tu arrebato de fémina, cuando añoro tenerte y me es imposible consumar mi deseo furtivo en el presente recurrente. Así que en consecuencia he debido vivir contra suelo, con el alma comprimida y el aliento rasguñando los conductos subterráneos. He percibido el sucio hedor de mi ego, derramándose sobre el asfalto, colándose por debajo de mi falda. Resbalándose entre las grietas que se esconden subyacentes a la sombra de este cuerpo entumecido.
Ahora, que si te descubro en bruta, desintégrame. Despliégate en mis adentros, haz de mí el recipiente de tu sosiego como obsequio para mi desconsuelo. Qué la muerte será la peregrina en continua recreación, la renovada percepción de mi original estado pasivo.