lunes, 23 de mayo de 2011

Arena.

En mi inconsciencia, preferí tú abstinencia por las explicaciones. Y como en otras ocasiones, mi brutal decisión me orillo a mantener una distancia absorbente, secreta y casi invisible entre nosotros. Tal vez mi deseo fatal por ocultarte aquélla verdad estrepitosamente llena de acongojo, despertó en mi un miedo incontrolable; ante esa mirada cortante y frenéticamente hiriente, que acostumbras lanzar entre sabanas, e inunda el aire de un disgusto espeso, imposible de digerir.

Entonces reconozco esa mentira vacilante, que se asoma culposa desde el reflejo del cristal y entre la luz nocturna. Esa misma, que me acompaña en el pensamiento más tormentoso, o quizás, también en el más peligrosamente inocente; pero siempre martillando mi entorpecedora adoración por la duda, que incesantemente ocupa mi sentido hasta el amanecer. Sin embargo, frente a este capricho lastimero e inevitablemente estúpido, no existe excusa que alimente disculpa alguna. Porque la realidad más cruda, es que el engaño no es auto aplicable.

martes, 17 de mayo de 2011

Naufraga.

Me mantuve ajena a su abrazo, por la simple necesidad de sentirme independiente. Excluida, momentáneamente, por fortuna, de su arrebato por sofocar mis suspiros. Pero la vida me enseño como detener el tiempo, y eso era tan útil como su beso en mi espalda. Excepto por el perfume de su piel, que ahora me envolvía, me sentía tan yo, como ocasionalmente. Tras haber jugado un par de partidas con el amor, me sabía consciente de sus capacidades para ocasionar desplantes, sin embargo, el engaño al que es capaz de someternos, su destreza para engatusarnos, será algo contra lo que jamás podremos hacer frente. Pese a esto, aún me concebía forastera de su encanto, me creía suya sólo en sueños ¡Aún amante del silencio y sus ecos! Así que le deje tendido sobre la cama, con el cabello enmarañado, con mi cuerpo sobre el suyo y unas cuantas caricias como albergue para sus caprichos. Fue entonces cuando comprendí, como es que me encontraba entre sus sabanas. Porque sin darme cuenta esa mañana estaba ahí, ante su espejo, tropezando conmigo misma. Yo, ya no tan yo, como ocasionalmente. Casí desuna salvo por una prenda de uso interior, que escondía los secretos de mi entrepierna. Oliendo, no. Disfrutando el fresco desde su ventana, el sol horneandonos y sudando un poco más que toxinas; me sentí a su mereced. Y lo estaba, porque el día que decidiera apartarse de mi lado, tendría que tomar un par de noches para naufragar en mi lamento, para tumbarme bajo la cama ¡Qué tonta! Y más que eso: tristemente ilusa. Se largaría sin duda alguna, y yo, seguramente le dedicaría entonces, incontables horas a la semana para recordarle.
Le miré herida, acongojada hasta el ápice de mi ser. Me acerque ofendida a su mejilla, reorganice algunos de sus cabellos, le bese nuevamente y me recosté a su lado, otra vez, pero ésta vez mujer. No tan amada ciertamente, pero queriéndole sinceramente.

Violeta se tornará violenta.