lunes, 23 de mayo de 2011

Arena.

En mi inconsciencia, preferí tú abstinencia por las explicaciones. Y como en otras ocasiones, mi brutal decisión me orillo a mantener una distancia absorbente, secreta y casi invisible entre nosotros. Tal vez mi deseo fatal por ocultarte aquélla verdad estrepitosamente llena de acongojo, despertó en mi un miedo incontrolable; ante esa mirada cortante y frenéticamente hiriente, que acostumbras lanzar entre sabanas, e inunda el aire de un disgusto espeso, imposible de digerir.

Entonces reconozco esa mentira vacilante, que se asoma culposa desde el reflejo del cristal y entre la luz nocturna. Esa misma, que me acompaña en el pensamiento más tormentoso, o quizás, también en el más peligrosamente inocente; pero siempre martillando mi entorpecedora adoración por la duda, que incesantemente ocupa mi sentido hasta el amanecer. Sin embargo, frente a este capricho lastimero e inevitablemente estúpido, no existe excusa que alimente disculpa alguna. Porque la realidad más cruda, es que el engaño no es auto aplicable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario