Encontré un punto invisible en la habitación, escondido entre sus mejillas, por debajo de su nariz; Recosté mi cara sobre mi mano, deje que se desparramara con elegancia y discreción, le mire nuevamente con desconcierto, sintiéndome casi absorta e intangible. Pero ni siquiera sabía que es lo que estaba haciendo ahí, sentada tan inoportunamente frente a el, mareándome con pensamientos absurdos, examinándole minuciosamente e insoportablemente a la expectativa.
Para alimentar la angustia, hice una breve revisión mental de lo que estaba sucediendo en ese momento: gente, barullo, el compartiendo una mesa conmigo; Yo sabía que estaba al borde del caos. Un cataclismo podría haber sido menos preocupante, que mi creciente paranoia. Pero le deje hablar, accedí a escucharle. Tomé otro sorbo de cerveza para ceder a la noche y así me percate de cómo habían pasado mis últimos meses: entre tragos de angustia, caricias furtivas, pensamientos suicidas, y condescendencia para todo aquel, que con afán de obtener un poco de placer conmigo de por medio, pudiera proporcionarme siquiera un mínimo del mismo.
Pretendí entonces que me importaba, sólo por educación, sólo para jugar como todos, para jugar contigo también. Eso quizás me hace un monstruo, el aceptarlo me proporciona tranquilidad.
-Sí, es cierto. Sólo soy un monstruo que se dio cuenta de lo que es…- Te escuche. Y ahora se que sólo somos dos monstruos que tuvieron suerte de encontrarse, salvo por tener la comodidad de pretender que somos más feos de lo que quisiéramos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario